Abraham Cruz: De una prisión estatal a las arenas de Exatlón EEUU – Segunda Parte por Erasmo Provenza

Abe Cruz en una prisión estatal en Oklahoma

La historia de “Abe” en ese momento se vivía dramáticamente de forma simultánea en dos frentes. El primero: Oklahoma, lugar donde estaba bajo arresto, y el segundo en Los Angeles, California, hogar de su madre, donde cerca de 40 agentes de la DEA, con armas largas y perros, se encontraban en pleno allanamiento buscando dinero y drogas. “Mientras hablaba con mi mamá por teléfono y le explicaba la situación la escuchaba llorar desconsoladamente e incluso gritando. Recuerdo que un agente de la DEA le quitó el teléfono y empezó a gritarme menso, estúpido, cabrón. Buscaba intimidarme a cómo diera lugar”, recordó Abraham.

Todo esto ocurrió poco después de una llamada a su hermano para que lo socorriera. “Pasé dos días en prisión mientras esperaba que mi hermano volará de LA a Oklahoma con todos mis ahorros. Pagar la fianza era primordial para mí. Cuando hablé con él le dije dónde estaba mi dinero y le pedí que volara lo más pronto posible. Lo hizo y al pagar la fianza me dejaron en libertad. Una libertad sometida. No tenía privacidad”, comentó el hombre que nunca ha perdido la fe.

DE UNA A TRES DECENAS DE AÑOS TRAS LAS REJAS

El viacrucis de “Abe” apenas empezaba con esa libertad que solo podía llamársele así ya que no estuvo tras las rejas. Fueron dos años de agobio, asfixia y persecución, todo bajo el estricto orden de la ley. Él, peleaba por su inocencia. Las autoridades, buscaban su culpa. “No importa dónde estaba ni hacia dónde iba, la DEA estaba tras mis pasos. Eran mi sombra. Iba a un restaurante y la DEA me seguía. Así ocurría si iba al cine, a una fiesta, a dónde fuera”, me cuenta, esbozando una sonrisa demostrando que logró superarlo sin resentimiento alguno.

Refugiándose en la oración, en su madre, en su hermano y en sus amigos, llegó el día del juicio. Abraham, al igual que aquel patriarca que ofreció el sacrificio de su hijo Isaac a Dios, sacrificó su extraña libertad para cumplir, en principio, con una sentencia de 30 años en la cárcel. “Pensaba que iba a cumplir con 30 años en prisión. Luego, la sentencia se redujo a 12 pero el juez, entendiendo y sabiendo que durante esos dos años de ‘libertad’ no cometí error alguno, dijo que mi condena sería solo de 10 años. Caso cerrado”, relató. Así, empezaba el primer día de miles tras las rejas.

CUARENTA DÍAS DE AYUNO, REFLEXIÓN Y SUPERACIÓN

“Los primeros seis meses en la cárcel fueron los más difíciles. Estaba muy triste y deprimido, tanto que ni siquiera quería verme en el espejo. Estaba rodeado de matones, tenía que ducharme en un baño con otros reos, temía por mi vida mientras vestía esa braga naranja. Ya era una persona diferente pero tenía la esperanza puesta en mi abogado y en mi familia quienes seguían peleando por mí”, confesó. El plan parecía simple. “Abe” confiaba en que al cabo de un año iría nuevamente a juicio por tratarse de su primer delito y saldría en libertad, algo en lo que también confiaba su letrado. Lamentablemente no fue así. Una carta de su defensor oscureció aún más su alma ya que en la misma le informaba que la DEA no le iba a dar una nueva oportunidad. Esa prisión en Oklahoma sería su “hogar” hasta nuevo aviso.

“Fue un momento duro”, recordó. “Pasé una semana llorando, desconsolado hasta que llamé a mi mamá para contarle. Su respuesta fue: ‘Hijo, está bien. Dios tiene un plan para ti. No puedes perder la fe. Ponte de rodillas y pídele a Dios por una segunda oportunidad. Necesitas hacer un sacrificio por él y el mejor es ayunar por 40 días’. Tras escucharla, me puse rodillas e hice exactamente lo que mi madre me dijo”. Fue así como empezó ese ayuno, similar a aquella tentación que vivió Jesús junto al Espíritu Santo en el desierto.

Durante esos cuarenta días Abraham se dedicó a inspirar y motivar a sus compañeros a través de clases de autodesarrollo y alentándolos a mejorar sus vidas refugiándose en Dios. “Cada noche soñaba con Dios. Sentía que hablaba con él y me mandaba mensajes, tenía visiones del futuro. En las mañanas me levantaba y escribía. Todo lo que veía lo escribía y de a poco me di cuenta que el mensaje más claro era que tenía que tener fe. Tengo más de 200 papeles donde plasmé las visiones en la cárcel. Ese ayuno cambió mi vida y cuando se lo conté a mi madre se alegró mucho”, expresó, al tiempo que recordaba que a su alrededor otros reos peleaban, se agredían e incluso se mataban pero a él jamás le pasó algo. “Sentía que Dios me protegía. ¡Me sentía como un Boy Scout!”, señaló con la alegría de siempre.

DE TULSA, OKLAHOMA, A LAS ARENAS DE EXATLÓN EEUU

Luego del ayuno un buen desayuno, y el mejor platillo para “Abe” fue su libertad. “¡Abe! Empaca tus cosas. Hoy te vas a casa”, se le escuchó a un oficial. Ese fue el desayuno de una mañana en la que las lágrimas y la emoción llegaron al clímax. “Estaba tan feliz que no lo podía creer. Oh my God! ¡Después de casi cuatro años voy a ser libre! No paraba de llorar. Lloré como por cuatro horas hasta que llamé a mi mamá para decirle. Necesitaba organizar muchas cosas porque la libertad era condicional, tenía que usar un grillete electrónico y no podía salir de Oklahoma”, contó.

Reinsertado al mundo real en busca de un mejor futuro pero con un grillete que lo ataba al pasado, Abraham se mudó a una casa cristiana en Tulsa. Con US$ 7 en la cartera salió buscar trabajo al día siguiente de abandonar la prisión pero durante 14 días fue rechazado en todos lados. “Nadie quería darme trabajo. Entré en desesperación porque mi agente de libertad condicional me dijo que si no conseguía empleo dentro de las próximas 48 horas volvería a la cárcel. Ese mismo día lloré, me arrodillé y le pedí ayuda a Dios. Al día siguiente salí a intentarlo nuevamente y Dios me bendijo con dos empleos: uno como entrenador personal y otro en una tienda de suplementos”. ¡“Abe” estaba de vuelta!

El resto es historia. Una que ustedes conocen bien. Abraham Cruz fue partícipe de la tercera temporada de Exatlón Estados Unidos, una en la que dejó su huella como atleta y ser humano. Hoy vive una segunda oportunidad y con su marca ‘Forever Faith’ quiere cambiar la vida de todos aquellos que sienten, o creen, que los segundos chances no suelen ser los mejores.

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